Me voy.
Y tus palabras me persiguen.
Tus ojos se cuelan entre los vestidos que descansan en mi maleta.
Tus manos se quedan a vivir en la memoria de mi cuerpo.
Tu olor entre mis dedos.
Me voy.
Y me voy con ganas de ti.
Del tú y yo entre las sábanas.
De tus abrazos antes de abrir los ojos.
De tus dedos recorriendo mi espalda desnuda.
De tu manera de hacerme tocar el cielo.
De tu sinceridad aplastante.
De tu sencillez compleja.
De tu curiosidad inocente.
De tus mil misterios, de tus secretos aún por desvelar.
De lo fácil que es quedarse dormida atrapada entre tus brazos.
Me voy, se cierra la puerta.
Y tengo esa sensación de tener mil palabras hirviendo en la garganta, luchando por salir.
Me voy y tú te quedas con todos los sitios que pisamos juntos.
Y yo con la perspectiva de verlos llegar en cada ola que bese la orilla de una playa que nunca nos conocerá.
Y me voy.
Y te digo adiós sabiendo que es la última vez que te beso sin saber que es la última vez.
Y me voy con mil promesas entre los dedos, anillándose en mis huesos.
Y repaso en apenas un segundo esta historia que me ha sacudido los cimientos tres semanas y río, aún sin acabar de creerlo.
Y pienso que sí, que es verdad que alguien puede llegar a hacer mucho en muy poco tiempo.
Y quiero volver hacia atrás, correr a abrazarte de nuevo, a comerte con los ojos, a que me muerdas los labios otra vez.
Pero sigo caminando con el recuerdo de tu mirada latiéndome en los párpados cada vez que pestañeo.
Y me digo a mí misma que todo, todo lo que sucede, siempre sucede por una razón.
Y me empujo a dar un paso, y el siguiente, y otro, y otro más.
Me empujo a seguir avanzando por este camino que se aleja de ti.
Empujo a seguir convenciendo al cuerpo de que lo mejor para los dos es que yo salga corriendo.
Adela Silvestre
Adela Silvestre









